Ciudades

 29/09/2014          Blog   

Si uno tuviera que elegir una ciudad para el resto de su vida, la decisión sería complicada. Pasarían por la mente, fugaz pero intensamente, pensamientos como riesgo, novedad, raíces, tradición, idioma, recuerdos , ilusiones, trabajo, todos ellos entrelazados y entremezclados de tal forma que nos sumergirían en una emoción laberíntica, una ecuación cuya incógnita es difícil despejar.

No es el caso. Podemos ir de aquí allí sin más limitación que los dichosos visados (bueno, esto no es poco)  y nuestra voluntad. Cuando alguien me pregunta por mi vida en Nueva York (actualmente vivo allí), en general me propone una respuesta disyuntiva, una respuesta excluyente al estilo echas de menos Valencia y dar marcha atrás o alternativamente cuando vuelves ahora a Valencia te parecerá insignificante comparada a Nueva York. Ninguna es cierta en mi caso.

Yo soy madrileño, y viví en la increíble Madrid 21 años, de allí fui a Palma de Mallorca donde disfruté seis años fenomenales. De Mallorca me mudé a Alicante donde pasé cinco inolvidables años y me trasladé a Valencia en el 2004 para pasar siete años en esta sorprendente ciudad.

Desde hace menos de un año vivo en Manhattan, y estoy absolutamente encantado con Nueva York. Cualquier cosa que diga de esta ciudad ya se ha dicho antes de mil formas, lo cual es decir mucho.  Pero resulta que Mallorca es una isla absolutamente inabarcable y a la que me unen recuerdos increíbles, desde la celebración del solsticio de verano en Cala Deiá  hasta las excursiones en bici por la Tramuntana. Me encanta su vida cultural, Chopin, George Sand, Robert Graves, dejaron un halo intelectual que aun hoy perdura.

En Alicante pasé años increíbles, conocí a mi mujer y mis tres hijas son nacidas en esa gran ciudad. La gente en Alicante es abierta, hospitalaria y divertida; los pueblos son preciosos y hay una luz intensísima, como si el sol quisiese señalar ese lugar iluminándolo más que a ningún otro. Tengo recuerdos memorables de esa provincia.

Valencia con su vida despreocupada, su dinamismo, sus rincones increíbles y todo lo bueno de la gran ciudad y de la pequeña ciudad me admiró desde el principio. Aquí la gente te hace sentir en casa desde el primer día. Como ciudad paradigmática del mediterráneo todo es color y alegría por vivir.  Es un auténtico regalo.

De Madrid puedo decir todo y no acabar nunca o nada y así decirlo casi todo. Es la ciudad donde nací y pasé mi infancia y mi adolescencia. Todos sabemos lo que eso significa. Madrid es mi ciudadela.

Pues resulta que si no me hubiera ido de Madrid me habría perdido Mallorca y si hubiera echado el ancla en Mallorca no conocería a mi mujer. Si Alicante me hubiera detenido no conocería ni Valencia ni a todas las personas geniales que he conocido allí… y así sucesivamente.

Cuando me fui de Madrid algún amigo me dijo: te vas y lo dejas todo? . Al margen de que materialmente no tenía literalmente nada (bueno, una mountain bike Pine Mountain de Marin – lo indico..ejem.. porque fue un modelo mítico- ), le respondí como lo sentía: me llevo todo lo importante. Dicen que quien no entiende una mirada o una frase tampoco entiende una larga explicación.

Lo que siempre me dio miedo fue perderme todo lo que se puede conocer, no los viajes a lo desconocido. Siempre me fascinaron los barcos que parten sin destino concreto, yo veo la vida literalmente así, y cada puerto es un regalo. Lo aprecio muchísimo, pero yo sigo mi travesía. Quiero de corazón todas las ciudades en las que he vivido y al mismo tiempo quiero conocer más. ¡Cuanto mundo por descubrir!

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