Los orígenes de OTSU

 29/09/2014          Blog   

Los orígenes de Otsu como proyecto empresarial se remontan al año 1992. España estaba inmersa en una crisis económica grave (no tan grave como la que vivimos estos años) y por aquel entonces yo era uno de los miles de universitarios que poblábamos la Complutense de Madrid. 

SONY DSCA mis 20 años había encontrado un trabajo de cajero  en una empresa madrileña de cambio de divisas – Cambios Sol – que operaba con unas cuantas oficinas en el recién liberalizado y floreciente sector del cambio de moneda extranjera. Me servía para ahorrar y gastos personales.

Tras varios meses trabajando allí,  vi claramente la oportunidad que el mercado ofrecía: debía aprovecharlo.  Hice repaso mental de lo que tenía y de lo que me faltaba:



· TENÍA:

a. Tiempo: no tenía obligaciones urgentes e inmediatas que atender (familia, hijos, hipoteca etc).

b. Osadía, arrogancia: fruto de la seguridad que da la juventud, la audacia necesaria para emprender era casi imposible de contener. Desconociendo en absoluto los problemas específicos que el reto plantearía , tenía claro que me sobraba el elemento necesario para superarlos: determinación, fijación obsesiva con lograrlo.

c. 650.000 pesetas. Eran los ahorros de trabajar los veranos de socorrista y de trabajar en Cambios Sol.

d. Información: sobre una oportunidad buena en el momento adecuado: el cambio de divisas en España a comienzos de la década de los 90.



· NECESITABA:

a. Dinero: necesitaba recursos para poner en marcha el proyecto.

b. Socios: que aportaran trabajo y/o dinero.

origenesConté el proyecto a todo aquel que quiso escucharlo y de ahí salió el primer equipo Otsu: un americano de San Francisco que era socio mío en una revista que brevemente editamos y distribuimos en Madrid, mi hermano Jorge Fernández, mi hermana Laura Fernández, y su novio en aquel momento Daniel.

Los socios aportaron el dinero suficiente y en poco tiempo teníamos una oficina de cambio funcionando en Palma de Mallorca. Vivíamos en una casa en la calle Ramón Muntaner  por la que pagábamos 35.000 pesetas al mes. Era más una cueva que una vivienda y trabajábamos media jornada, 12 horas cada día, incluyendo sábados, domingos y festivos. Hice los dos últimos cursos de la facultad  – y me licencié en Derecho- estudiando en la tienda.

Era muy normal que durante un año tuviéramos uno o dos días libres. Imaginad como era ese día libre, como si a Robinson Crusoe le pones de un día para otro en Times Square. Ese día parecían dos meses de vacaciones. El local era suficientemente grande así es que montamos una tienda 24 horas para sacar más partido al negocio. Pasamos a trabajar 15 horas al día. Esto ya no se puede considerar media jornada. Durante el primer año dos de los socios vendieron sus participaciones – exhaustos por el ritmo de trabajo frenético – , se produjo una selección natural y quedamos en el proyecto mi hermana Laura, mi hermano Jorge y yo. Pasé la primera nochevieja en Palma en el hospital de Son Dureta por un problema de salud provocado por las interminables jornadas. Sólo recuerdo que me sentí como un vago por estar tumbado en el hospital mientras mis hermanos trabajaban.

El ritmo de trabajo era brutal, sin aflojar un ápice. Cuando mi padre nos visitaba por Navidades, no cerrábamos por Nochebuena ni por Nochevieja y teníamos unas discusiones con él enormes (decía que para nosotros era más importante vender dos botellas de JB que cenar con él). El negocio empezaba a dar frutos y nos transformamos en los chicos listos de la isla. Nos llamaban en fin de semana desde Puerto Portals, desde el Club Náutico de Palma, y otros lugares lujosos para cambiar divisa a turistas de enorme nivel adquisitivo. Allí íbamos con premura. No había ni una llamada a la que no acudiéramos, no importaba la hora, el importe ni el lugar. Si tenían una gran fiesta en un yate en sábado por la noche y necesitaban cambiar marcos, allí estábamos, si se encaprichaban de un vestido de Loewe y eran las cinco de la tarde y el banco estaba cerrado, allí íbamos nosotros, que en plena cena en el hotel SON VIDA a las 12 de la noche necesitaban “spanish pesetas” no había problema porque en la isla había unos jóvenes “locos” que estaban SIEMPRE abierto. Éramos los chicos listos del cambio y rápidamente abrimos puntos por toda la isla. Los millonarios alemanes, austríacos y británicos solo cambiaban con nosotros. Había turistas que nos indicaban que venían a nosotros porque amigos suyos de “Plymouth”, “Hamburgo” o “Viena”  que habían estado en Mallorca se lo habían recomendado.

Recuerdo una vez que hice un mailing a comercios alemanes ofreciéndoles el servicio de cambio de divisas: entre otros muchos clientes que ganamos, nos llamó una inmobiliaria alemana que necesitaba cambiar 50 millones de pesetas. Nosotros no teníamos ese dinero, así es que fui al banco y les pedí que nos dejaran ese dinero durante un día. Me dijeron que lo olvidara. No me olvidé y les convencimos con la condición de que tres empleados de la sucursal traerían el dinero a la oficina de la inmobiliaria donde se iba a hacer el cambio. Allí aparecí con 22 años y una gran sonrisa. El dueño de la inmobiliaria no podía creer que fuera tan joven. Hubo muchas alegrías y decepciones. Mucho trabajo duro y noches de agobio.

Personalmente escuché muchas veces que para qué había estudiado una carrera si estaba cobrando periódicos en una tienda (atendíamos la tienda personalmente). Pero yo volvía a casa corriendo cada noche (cerraba la tienda a las 3 de la madrugada y era la única manera de tener tiempo para hacer deporte) y mientras corría hacía planes del número de franquicias que debía abrir cada año para ejecutar mi plan. Y los números  salían muy bien en mi cabeza y entonces alargaba la zancada y sonreía para mis adentros.  Mientras mis amigos salían los fines de semana, pasaban mucho tiempo de ocio y se divertían, yo trabajaba con mis hermanos de manera infatigable para construir algo importante que perdurara en el tiempo, algo de lo que pudiéramos estar orgullosos.

Aquellos años en Mallorca fueron formidables, con sus momentos difíciles y sus momentos brillantes. Cuando logramos el dinero suficiente para invertir en un nuevo negocio lo tenía muy claro: sería una franquicia. El cambio de divisas tal y como estaba concebido llegaba a su fin (por el nacimiento del Euro) y nos enfrentábamos a dos grandes pruebas: adaptar el negocio al nuevo paradigma y acertar con la franquicia que compráramos. Compramos una franquicia de formación y tomando en cuenta como criterio el mejor lugar para que funcionara bien, me fui a vivir a Alicante, quedándose mi hermano Jorge al frente del negocio en Mallorca. Pero todo eso ya no es el comienzo, es otra historia.

Conclusiones sobre los orígenes de OTSU:

1. Cuando uno emprende, es imposible saber todo lo que va a necesitar el proyecto para ser exitoso. Hace falta por tanto ATREVERSE sin obsesionarse por tenerlo todo controlado.

2. Se puede iniciar un proyecto sin apenas recursos económicos, estos se pueden encontrar fuera de ti. Lo importante es la DETERMINACIÓN de llevarlo al éxito y esta no te la va a prestar nadie.

3. Nos tocará siempre hacer cosas que no están consideradas “camino del éxito” y que son justamente la clave, como dormir en una “cueva” o “vender periódicos”. El plan está en nuestra cabeza, hemos de soñar el camino,  y eso forma parte del ITINERARIO. Si vamos a seguir el itinerario de lo que piensan los demás, mejor ni empezamos.

4. Gracias al CAMBIO constante de todo, pudimos entrar en el juego (sin cambio no hay oportunidad). Ese cambio que nos dio la oportunidad de empezar, nos pone a prueba luego como amenaza y por tanto la actitud inicial valiente y emprendedora es la que debemos mantener siempre. Quien se aferra a algo, lo pierde.

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Una respuesta a “Los orígenes de OTSU”

  1. Alberto Bautista Grau dice:

    Os felicito Manuel, Jorge y resto de familia por vuestro ejemplo de espíritu de superación y de trabajo. Es bonito conocer historias de gente inconformista como vosotros, que no se ha creído el mundo que le planteaban y que ha decidido escribir su propio guion de vida. Historias inspiradoras que muestran que, incluso comenzando desde lo más humilde, si uno arriesga a cada paso pero con responsabilidad, y es fiel a su proyecto, puede crear grandes empresas y gran valor para la sociedad. Os deseo mucha prosperidad.

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